Luis Alguacil Morales

ACTUALIDAD ·

¿Y quién se manifiesta por Maricarmen?

Volver

Hay una pregunta que llevo unos días haciéndome y que hoy, sábado 26 de septiembre, me vuelve con más fuerza: ¿dónde estaban todos cuando Maricarmen iba a ser desahuciada?

Maricarmen podría llamarse de cualquier otra manera. Podría ser nuestra vecina, la mujer que nos cruzamos en el ascensor, alguien que lleva toda una vida trabajando y que un día descubre que puede perder su casa. Una persona real, con un problema real y con miedo de verdad.

¿Acaso eso no merece también que salgamos a la calle?

Lo pienso mientras veo cómo volvemos a convocarnos alrededor de las grandes palabras. España. Traición. Dignidad. Libertad. Invasión. Futuro. Elecciones. Palabras enormes. Algunas tan enormes que, cuando las gritamos demasiado, corremos el riesgo de dejar de ver a las personas que tenemos al lado.

Hoy hay convocada en Madrid una manifestación que reclama, entre otras cosas, elecciones generales anticipadas y plantea acusaciones gravísimas contra el Gobierno y contra Pedro Sánchez. Sus promotores hablan de sospechas de un posible fraude electoral y reclaman que se active el procedimiento constitucional para acusar al presidente por traición a raíz de la gestión de la crisis de Ceuta.

Y quiero detenerme aquí porque creo que es importante hacerlo.

No tengo ningún problema con que alguien salga a la calle contra Pedro Sánchez. Ni contra este Gobierno. Ni contra el siguiente. Ni contra el que venga después.

Todo lo contrario.

Manifestarse, protestar, criticar al poder y exigir responsabilidades forman parte de una democracia. Y conviene no olvidar que hubo un tiempo, no tan lejano, en el que salir a la calle para expresar libremente el desacuerdo con quienes gobernaban podía tener consecuencias muy serias.

Quizá por eso deberíamos valorar especialmente ese derecho, también cuando quienes se manifiestan defienden ideas que no compartimos. Una sociedad en la que nadie protesta, probablemente debería preocuparnos bastante más, que una sociedad que protesta mucho.

Mi problema empieza en otro sitio.

Empieza cuando dejamos de discutir sobre decisiones políticas y comenzamos a dividirnos entre buenos y malos españoles.

Entre patriotas y traidores.

Entre los que supuestamente merecen pertenecer y los que parecen tener que demostrarlo.

En el cartel y los mensajes difundidos por los convocantes aparece una expresión que a mí me resulta especialmente inquietante: «los españoles de bien».

Y no puedo evitar preguntarme: ¿quién decide quiénes son?

¿Yo soy un español de bien?

¿Lo eres tú?

¿Y el que piensa exactamente lo contrario que nosotros?

¿Y alguien que votó a Pedro Sánchez?

¿Y quien votó a Feijóo?

¿Y quien votó a Vox, a Sumar o decidió no votar a ninguno?

¿Quién entrega ese carné?

Porque en el momento en que empezamos a establecer que existen españoles de bien, inevitablemente estamos insinuando que existen otros que no lo son. Y ahí es donde el lenguaje deja de parecerme inocente.

Me preocupa especialmente cuando ese lenguaje no procede solamente de una discusión cualquiera en una red social, sino que llega también desde representantes públicos. Diputados que forman parte precisamente de las instituciones cuya legitimidad cuestionan mediante expresiones que presentan al adversario político casi como un enemigo de la nación.

Se puede considerar pésima la gestión de un Gobierno.

Se puede pedir su dimisión.

Se pueden exigir elecciones.

Se puede protestar todos los sábados si a uno le da la gana.

Pero una cosa es decir «quiero que este Gobierno se vaya» y otra muy distinta convertir al que piensa diferente en alguien sospechoso de estar contra España.

Y quizá sea esto último lo que más me preocupa.

Porque España ya sabe lo que ocurre cuando dejamos de reconocernos como ciudadanos que discrepan y empezamos a mirarnos como enemigos.

Julio de 1936 está demasiado lejos para quienes no lo vivimos y, al mismo tiempo, demasiado cerca como para permitirnos frivolizar con su recuerdo.

No estoy diciendo que España esté en julio de 1936. Sería una comparación demasiado sencilla para una historia demasiado terrible.

Precisamente por eso me preocupa escuchar cada vez con más normalidad un vocabulario construido alrededor de conceptos como traición, régimen, invasores, enemigos o españoles auténticos. Me preocupa esa necesidad constante de colocar a cada persona en uno de dos lados.

Ellos y nosotros.

Los buenos y los malos.

Los patriotas y los traidores.

Porque las fracturas grandes rara vez empiezan siendo grandes.

Empiezan aceptando que al otro ya no hace falta escucharlo.

Después dejamos de respetarlo.

Y un día descubrimos que tampoco nos importa demasiado lo que le ocurra.

Mientras tanto, seguimos teniendo problemas bastante menos épicos.

Alguien no puede pagar el alquiler.

Una familia espera meses una cita médica.

Un trabajador encadena contratos y no sabe qué ocurrirá dentro de tres meses.

Una persona mayor vive sola.

Un joven hace números y descubre que independizarse parece una broma pesada.

Y Maricarmen puede perder su casa.

Quizá por eso me cuesta tanto entender nuestras prioridades.

Somos capaces de movilizarnos alrededor de conceptos gigantescos y, sin embargo, muchas veces permanecemos indiferentes ante tragedias diminutas que suceden en nuestro propio portal.

No pretendo decidir por qué merece la pena manifestarse. Cada uno tendrá sus razones y tiene todo el derecho a defenderlas pacíficamente.

Lo que me pregunto es por qué parece costarnos tanto movilizarnos con la misma intensidad por las personas.

Por la vivienda.

Por la sanidad.

Por la educación.

Por quien no llega a final de mes.

Por quien está solo.

Por quien necesita ayuda y no encuentra una pancarta suficientemente grande para que alguien repare en él.

Tal vez nuestra dignidad también se juegue ahí.

No solamente en los grandes discursos sobre España, sino en la manera en la que tratamos al español que vive dos puertas más abajo.

Y al que ni siquiera es español.

Porque antes de cualquier bandera, ideología o papeleta hay algo bastante más elemental: hay una persona.

A mí no me preocupa que pensemos diferente. Eso es inevitable y, seguramente, saludable.

Me preocupa que empecemos a convencernos de que quien piensa diferente vale menos.

Me preocupa que necesitemos enemigos para explicar todos nuestros problemas.

Y me preocupa que la historia termine convirtiéndose simplemente en una asignatura que aprobamos en el instituto y después olvidamos.

Quizá la pregunta no sea quién quiere más a España.

Quizá deberíamos preguntarnos qué clase de España queremos.

¿Una en la que necesitamos señalar continuamente quién pertenece al lado correcto o una en la que podamos discrepar profundamente sin dejar de reconocernos como iguales?

Yo todavía quiero creer en la segunda.

Y ahora me gustaría conocer tu opinión. Incluso —y especialmente— si no coincide con la mía. ¿Crees que estamos normalizando una forma de hablar que nos separa cada vez más? ¿O piensas que estoy exagerando y que esta crispación forma parte simplemente de la confrontación política?

Los comentarios están abiertos. Solo pido una cosa: respeto.

Porque quizá podamos empezar precisamente por ahí.

Volver

Comentarios

  1. Totalmente de acuerdo contigo. Parece ser que algunos tienen la licencia para repartir carnets de «españoles» según sus ideas, y creen que España es de los «de bien» y ellos deciden que los demás no lo son. En fin, Julio del 36 está lejos en el tiempo pero parece que muchos están locos por repetirlo. POR DESGRACIA!!
    El pueblo que olvida su historia, está condenado a repetirla, así que, camino vamos de ello.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *