Luis Alguacil Morales

OPINIÓN ·

Las vidas que no viví

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A veces voy caminando y me da por pensar en la persona que no fui.

No es algo que haga con tristeza. O no exactamente. Tampoco con nostalgia, porque resulta difícil echar de menos una vida que nunca has vivido. Es más bien una especie de curiosidad. Como si, en algún lugar imposible, existiera otro yo que tomó un camino diferente y de vez en cuando me preguntara qué tal le habrá ido.

La pregunta suele empezar siempre en el mismo sitio:

¿Quién sería yo si mi padre no hubiera muerto tan pronto?

No tengo respuesta. Evidentemente. Pero hay algo de lo que estoy casi completamente seguro: mi vida laboral habría sido distinta.

No sé si mejor o peor. Distinta.

Su muerte cambió cosas que entonces seguramente ni siquiera fui capaz de entender. Cuando pierdes a un padre demasiado pronto, la vida no te entrega un manual explicándote qué va a ocurrir a partir de ese preciso momento. Simplemente, la vida sigue. Al día siguiente amanece. La gente va a trabajar. Los autobuses pasan. Los bares levantan las persianas. Y tú descubres, quizá demasiado pronto, que el mundo tiene la desconcertante costumbre de continuar incluso cuando el tuyo, acaba de cambiar para siempre.

Aquello me obligó a madurar antes de tiempo.

O eso he pensado siempre.

Aunque, siendo sincero, hay días en los que tengo serias dudas de haber terminado todavía el proceso.

Quizá madurar no sea convertirse definitivamente en adulto, como imaginábamos cuando éramos pequeños. Quizá sea simplemente aprender a cargar con determinadas cosas mientras sigues teniendo dudas, miedos, inseguridades y unas ganas tremendas de que alguien que sabe más que tú te diga qué demonios tienes que hacer.

Mi padre ya no estaba para hacerlo.

Y hubo que continuar.

Tomé decisiones. Llegaron responsabilidades. Aparecieron oportunidades. Otras desaparecieron. Y acabé recorriendo un camino profesional que estoy convencido de que habría sido otro si él hubiese seguido aquí.

Entonces aparece una de esas preguntas para las que nunca encuentro una respuesta que me convenza.

¿Existe el destino?

Porque la palabra es preciosa cuando la utilizamos para explicar las cosas buenas.

Decimos que estaba escrito que conoceríamos a determinada persona. Que teníamos que estar aquel día en aquel lugar. Que aquella casualidad ocurrió por algo. Nos encanta mirar hacia atrás y unir los puntos hasta conseguir que nuestra vida parezca un dibujo perfectamente trazado.

Pero la palabra destino se vuelve bastante más incómoda cuando intentamos utilizarla para explicar las pérdidas.

¿También estaba escrito que mi padre muriera tan pronto?

¿Era necesario aquello para que yo llegara hasta aquí?

Me cuesta aceptar una idea así.

Quizá el destino no sea un libro escrito de antemano. Quizá ni siquiera exista. Puede que la vida sea simplemente una sucesión gigantesca de carambolas. Una bola golpea a otra, esta cambia de dirección, toca una tercera y, muchos años después, acabamos en un lugar al que jamás habríamos llegado siguiendo una línea recta.

Y entonces pienso en otra carambola.

Mi mujer.

¿Qué habría sido de mí si no la hubiera conocido?

Esta pregunta me resulta todavía más extraña porque ya no sé imaginar mi vida sin ella. Tendría que borrar demasiadas cosas. Conversaciones. Decisiones. Lugares. Risas. Preocupaciones. Proyectos. Una familia. Tendría que desmontar mi presente pieza por pieza hasta encontrar a aquel tipo que todavía no sabía todo lo que estaba a punto de ocurrirle.

Y no sé quién quedaría debajo.

Nos conocimos cuando todavía estábamos aprendiendo casi todo sobre la vida. Hemos crecido juntos, que es una frase que se dice pronto pero que, cuando uno se detiene a pensarla, contiene media vida dentro. Nos hemos visto cambiar. Equivocarnos. Acertar. Tener miedo. Hacer planes y comprobar después, que la vida tenía los suyos.

Por eso hay algo que sí tengo bastante claro: sin ella yo no sería la persona que soy.

No porque me haya salvado de nada ni porque crea que una persona deba completar a otra. Es algo mucho más sencillo y, para mí, mucho más importante. Ha estado ahí mientras yo me convertía en mí. En muchas de las decisiones, de los momentos felices, de los días difíciles y de las cosas que hoy considero esenciales en mi vida, está ella. A veces en primer plano y otras sin hacer ruido.

Si alguna vez intento hacer inventario de mi suerte, inevitablemente empiezo por ahí.

Supongo que por eso me fascinan tanto esas vidas que no vivimos.

La del hombre que habría sido si mi padre hubiera vivido muchos años más.

La del que nunca conoció a la mujer con la que acabaría compartiéndolo todo.

La del que eligió otro trabajo.

La del que dijo que no aquella vez que yo dije que sí.

La del que giró a la derecha cuando yo giré a la izquierda.

Todos esos hombres podrían haber sido yo.

Pero ninguno lo fue.

Y cuando termino de darle vueltas a todo esto, casi siempre llego al mismo lugar. No a una respuesta, sino a una sensación.

He tenido una suerte gigantesca.

Y decirlo no significa olvidar lo que falta.

Mi padre sigue faltando.

Y curiosamente, con los años, me acuerdo más de él. Pero muchas veces ya no lo hago solo desde el hijo que perdió a su padre. Lo hago mirando a mi madre.

El tiempo me ha hecho entender otra parte de aquella ausencia que entonces no podía comprender. Pienso en todos los años que ella lleva sin su compañero. En las conversaciones que no pudieron tener, en las decisiones que tuvo que tomar sola, en los días normales —que quizá sean los que más pesan— en los que simplemente no estaba la persona con la que había imaginado seguir compartiendo la vida.

De joven uno mide una pérdida por lo que le han quitado a uno mismo. Con los años, quizá empiezas a medirla también por lo que les quitó a quienes quieres.

Y esa parte, cuanto mayor me hago, más la pienso.

Hay ausencias que no se compensan. No existe una balanza en la que podamos colocar a un lado lo perdido y al otro todo lo bueno que llegó después hasta conseguir que las cuentas salgan. La vida no funciona así.

Se puede echar muchísimo de menos a alguien y, al mismo tiempo, sentirse profundamente afortunado.

Yo lo hago.

Miro lo que tengo alrededor y veo a mi familia. A mi mujer. A mi madre. A mis hermanos. A mis suegros. A mis cuñados. Miro mi trabajo. Miro la vida que hemos ido construyendo sin planos, probablemente equivocándonos unas cuantas veces y acertando otras casi de casualidad.

Y pienso: joder, qué suerte.

A veces esa sensación aparece en los lugares más inesperados.

Voy por la calle y veo a una persona durmiendo en un portal. O empujando un carro con todas sus pertenencias dentro. Y casi inevitablemente me pregunto qué historia habrá detrás.

Porque nadie nace en un portal.

Entre ese hombre y yo seguramente existen cientos de decisiones, circunstancias, personas, enfermedades, oportunidades, pérdidas, errores y casualidades que desconocemos. Carambolas otra vez.

Entonces resulta difícil no preguntarse cuánto de lo que somos depende realmente de nosotros.

Nos gusta pensar que controlamos nuestra vida. Que hemos llegado hasta aquí gracias a nuestras decisiones, nuestro esfuerzo o nuestra capacidad. Y algo de eso habrá, claro.

Pero también estuvimos en determinados lugares.

Conocimos a determinadas personas.

Alguien nos ayudó.

Alguien confió en nosotros.

Tuvimos una familia que sostuvo cuando hizo falta sostener.

Y, en ocasiones, simplemente tuvimos suerte.

Mucha suerte.

Por eso cada vez me interesa menos saber si el destino está escrito.

Puede que sí.

Puede que no haya absolutamente nada escrito.

Puede incluso que alguien esté escribiéndolo mientras nosotros creemos que improvisamos.

No tengo ni idea.

Lo único que sé es que, entre todas las vidas que podrían haber sido la mía, esta es la que me ha tocado vivir.

Tiene ausencias.

Tiene cicatrices.

Tiene preguntas que probablemente nunca podré responder.

Pero también tiene una cantidad enorme de gente a la que quiero.

Y quizá por eso, cuando vuelvo a pensar en aquel otro hombre que podría haber sido si mi padre no hubiese muerto, si no hubiese conocido a mi mujer o si alguna de aquellas carambolas hubiese golpeado unos centímetros más a la izquierda, ya no siento demasiada necesidad de conocerlo.

Espero que le haya ido bien.

A mí, desde luego, no me ha ido nada mal.

Y mientras escribo esto pienso que quizá la pregunta no sea si el destino está escrito.

Quizá baste con mirar alrededor de vez en cuando y ser consciente de todo lo que, sin saber muy bien cómo, ha terminado quedándose a nuestro lado.

Yo miro.

Y doy las gracias.

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