Luis Alguacil Morales

OPINIÓN ·

Un niño solo ve a otro niño

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Cada principio de septiembre tiene algo de comedia costumbrista. Basta abrir Instagram, Facebook o WhatsApp para encontrarse con una procesión de mochilas nuevas, uniformes todavía sin una arruga y criaturas posando con una expresión que, en algunos casos, parece decir: “No sé por qué estáis todos tan contentos con esto”.

Los padres, en cambio, salen de fondo casi levitando.

Y entre una foto, un “primer día superado” y algún café tomado por fin en relativo silencio, hay una escena mucho más importante que quizá pasa desapercibida: en estos días miles de niños vuelven a encontrarse con personas que no se parecen a ellos, no hablan como ellos o no vienen del mismo sitio que ellos. Y, sorprendentemente, eso suele importarles bastante poco.

Ahí es donde yo me hago una pregunta: ¿en qué momento empezamos a enseñarles que esas diferencias deberían importarles más de la cuenta?

Porque un aula es muchas cosas. Es ruido. Es sueño a primera hora. Es una goma que desaparece misteriosamente y acaba tres pupitres más allá. Es el lugar donde alguien pregunta a los cinco minutos de empezar, que cuánto queda para el recreo.

Pero también es uno de los primeros espacios donde empieza la convivencia de verdad.

Un niño puede sentarse junto a otro cuya familia nació en Córdoba, en Marruecos, en Colombia, en Rumanía o en cualquier otro punto del mapa. Puede que uno diga una palabra de una manera distinta. Que lleve otra comida para el recreo. Que tenga otro color de piel, otro acento o unas costumbres familiares que en casa del compañero ni siquiera conocen.

Y, sin embargo, muchas veces el proceso de integración infantil tiene una sofisticación maravillosa:

—¿Quieres jugar?

—Sí.

Fin de la negociación internacional.

Para un niño pequeño, el otro no es “el diferente”. Es simplemente el que sabe correr rápido, el que tiene los rotuladores buenos, la que dibuja animales increíblemente bien o el que comparte las galletas.

La multiculturalidad, antes de convertirse en una palabra que utilizamos los adultos en discursos, debates y titulares, sucede así.

En una mesa pequeña.

En un patio.

En dos niños intercambiándose cromos sin preguntarse de dónde vienen sus abuelos.

Hay algo profundamente limpio en esa forma de mirar.

Los niños llegan al mundo sin un catálogo preparado de desconfianzas. No nacen pensando que un acento significa una cosa, que un apellido significa otra o que determinadas personas pertenecen automáticamente a determinada categoría.

Eso llega después.

Y ahí entramos nosotros., los padres.

No creo que la mayoría de los prejuicios se transmitan mediante grandes discursos llenos de odio. Sería mucho más sencillo detectarlos así.

A veces llegan escondidos en frases pequeñas.

Un comentario escuchado en la mesa.

Una broma que parecía inofensiva.

Un “esa gente es muy…”.

Un “ten cuidado con…”.

Una generalización dicha sin pensar mientras el niño está jugando cerca y nosotros creemos que no escucha.

Pero escucha.

Los niños tienen esa incómoda capacidad de quedarse precisamente con aquello que pensamos que no estaban atendiendo.

Y poco a poco empiezan a aprender categorías que antes no necesitaban.

Donde había un compañero aparece una etiqueta.

Donde había curiosidad aparece una sospecha.

Donde había simplemente una diferencia aparece, en algunos casos, una distancia.

No ocurre de un día para otro. Nadie se despierta una mañana habiendo perdido de repente la inocencia.

La personalidad se va construyendo con miles de pequeños mensajes. Con lo que decimos, pero también con nuestros gestos. Con quién nos inspira confianza. Con quién nos incomoda. Con aquello que celebramos y con aquello ante lo que torcemos ligeramente el gesto creyendo que nadie lo ha visto.

Y quizá por eso la vuelta al cole me provoca cada año una sensación amable, pero a la misma vez contradictoria.

Veo esas fotos de niños cargando mochilas casi más grandes que ellos y pienso que están entrando en un lugar donde aprenderán matemáticas, lengua, ciencias o inglés.

Pero aprenderán muchas más cosas.

Aprenderán quién comparte.

Quién consuela.

Quién se enfada.

Quién es más gracioso.

Quién juega bien al fútbol y quién prefiere quedarse dibujando en el recreo, cuando todavía aprieta el calor de septiembre en Córdoba.

Y aprenderán que el mundo está lleno de personas distintas mucho antes de que nosotros intentemos explicarles qué significa la diversidad.

Quizá deberíamos observarlos un poco más.

No para idealizar la infancia, porque los niños también discuten, excluyen, se enfadan y pueden ser crueles. La infancia no es un territorio perfecto.

Pero sí conserva durante un tiempo una libertad que los adultos hemos ido perdiendo: la capacidad de conocer primero a la persona y colocar las etiquetas después. O, mejor todavía, no necesitarlas.

A veces pensamos que nuestra obligación es enseñarles cómo funciona el mundo.

Y claro que lo es.

Pero quizá haya días en los que convenga invertir la dirección de la lección.

Mirar una clase llena de niños diferentes jugando juntos y preguntarnos cuándo empezamos nosotros a complicar algo que, para ellos, parecía bastante sencillo.

Estamos a principio de septiembre, las redes volverán a llenarse de mochilas, sonrisas paternas, caras de sueño y fotografías tomadas deprisa antes de salir hacia el colegio.

Dentro de unas horas, muchas de esas criaturas volverán a casa hablando de alguien nuevo.

Puede que ni siquiera mencionen de dónde viene, pero dirán algo mucho más importante:

“He hecho un amigo”.

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