Luis Alguacil Morales
Hombre sonríe a un frutero mientras pasea por una tranquila calle de Córdoba

ACTUALIDAD ·

Antes de saber a quién votas

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Una mañana cualquiera, un frutero de buen humor y una pregunta incómoda sobre la sociedad que estamos construyendo.

Esta mañana he salido a desayunar al sitio de siempre.

Cuando digo «de siempre» no exagero demasiado. Llevo más de veinte años entrando allí. Han cambiado precios, conversaciones, gobiernos y hasta mi manera de pedir el café, pero yo sigo apareciendo por la puerta con una puntualidad que empieza a parecer más una tradición que una costumbre.

Hoy es lunes, aunque no tenía demasiado aspecto de lunes. Mañana es festivo en mi ciudad y mucha gente ha aprovechado para hacer puente. Se notaba en las calles. Menos coches, menos prisas, ese pequeño silencio que adquieren las ciudades cuando una parte de sus habitantes decide prolongar el fin de semana.

Y entonces pasé por delante de la frutería.

El frutero tenía puesto un musicón a todo volumen. Pero musicón. De ese que consigue que durante unos segundos caminar hacia el trabajo deje de parecer exactamente caminar hacia el trabajo.

Iba colocando género, entrando y saliendo, entregado a su mañana, con esa alegría inexplicable que algunas personas tienen a horas en las que otros todavía estamos negociando con la existencia.

Me entraron ganas de girarme y hacerle un guiño, un pulgar hacia arriba, cualquier cosa que significara: bien ahí.

No lo hice.

Pero seguí andando sonriendo.

Y pensé en lo poco que hace falta algunas veces para conectar con otra persona.

Yo no sé prácticamente nada de aquel hombre. No sé qué problemas tiene, si ha dormido bien, si llega justo a final de mes, si está enamorado, preocupado o esperando una llamada. En ese preciso momento solo fue un tipo poniendo buena música una mañana de lunes y yo fui otro tipo que agradeció encontrársela.

Eso bastó.

Y entonces apareció la pregunta.

¿Y si supiera a quién vota?

No sé por qué pensé aquello. Quizá porque últimamente la política termina entrando por cualquier rendija. Antes uno podía discutir de fútbol hasta arruinar una amistad. Ahora parece que basta mencionar unas elecciones.

¿Me habría caído igual de bien el frutero si descubriera que vota exactamente al partido que yo jamás votaría?

Quiero pensar que sí.

Tengo amigos que piensan políticamente de manera muy distinta a mí. Personas a las que quiero, respeto y admiro en muchas cosas y con las que probablemente nunca me pondré de acuerdo en otras. Y no pasa nada. O no debería pasar.

Porque una cosa es discutir una idea y otra convertir al que sostiene esa idea en un enemigo.

Sin embargo, tengo la sensación de que estamos desaprendiendo esa diferencia.

Ya no basta con discrepar. Hay que descalificar. Ya no se combate el argumento, sino a quien lo pronuncia. Izquierdistas, fascistas, rojos, fachas, progres, ultras. Vamos reduciendo personas enteras a una palabra hasta que dejamos de ver personas detrás de ella.

Y después nos sorprenden determinadas cosas.

Este pasado domingo se celebraron elecciones en Sajonia-Anhalt, en Alemania. La AfD obtuvo el 43,8 % de los votos y 39 de los 83 escaños del Parlamento regional: se quedó a solo tres de la mayoría absoluta. Nunca hasta ahora la extrema derecha había estado tan cerca de dirigir uno de los estados alemanes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Y no hablamos simplemente de una etiqueta periodística: la organización de AfD en Sajonia-Anhalt está clasificada oficialmente por los servicios de inteligencia regionales como una formación de extrema derecha confirmada cuyas posiciones chocan con principios esenciales del orden democrático alemán.

Han pasado más de ocho décadas desde que Europa descubrió, de la peor manera posible, hasta dónde puede conducir la deshumanización del contrario.

Y veo a mucha gente echándose las manos a la cabeza.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Quizá esa sea precisamente la pregunta equivocada si la formulamos mirando únicamente a Alemania.

Porque estas cosas no empiezan el día de unas elecciones.

Empiezan mucho antes.

Empiezan cuando dejamos de escuchar. Cuando aceptamos que quien piensa distinto no está equivocado, sino que es malo. Cuando celebramos el insulto si va dirigido al bando contrario. Cuando el adversario se convierte en enemigo y el enemigo termina dejando de merecer nuestra empatía.

No estoy diciendo, por supuesto, que todas las ideas sean respetables. Hay ideas racistas, xenófobas o antidemocráticas que deben combatirse precisamente porque amenazan la convivencia.

Pero combatir una idea no exige dejar de reconocer como persona a quien tenemos enfrente.

Quizá sea justo al revés.

Mientras escribo esto vuelvo a acordarme del frutero y de su música.

No sé a quién vota.

Y quizá sea bueno que durante aquellos diez segundos no importara.

Hay un viejo refrán que recomienda poner las propias barbas a remojar cuando vemos cortar las del vecino. Alemania no está tan lejos. Ni geográficamente ni, mucho menos, en algunas de las cosas que empiezan a escucharse también aquí.

La cuestión es, si vamos a esperar a que las barbas sean las nuestras.

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