Luis Alguacil Morales

OPINIÓN ·

Nostalgia de septiembre

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Hay algo para mi muy reconocible en la nostalgia de septiembre. No hace falta que ocurra nada especial. Basta con que cambie un poco la luz, que la tarde termine antes o que una camiseta sobre una silla conserve todavía el olor de algún lugar al que probablemente no volveremos hasta el próximo verano.

Septiembre llega así. Sin hacer ruido. Como llegan casi todas las cosas que terminan siendo importantes.

La luz que empieza a marcharse

Siempre pensé que septiembre era el mes de volver. Volver al colegio, al trabajo, a los horarios, a la rutina. Ahora creo que es, sobre todo, el mes de darse cuenta de que algo se ha ido.

El verano desaparece. No cierra la puerta de golpe. Deja algunas tardes calurosas, una terraza todavía abierta, las sandalias al fondo del armario. Incluso permite que durante unos días sigamos creyendo que continúa aquí.

Quizá por eso September, de Earth, Wind & Fire, suena casi como una pequeña resistencia. Basta escuchar sus primeros segundos para que el mes deje de parecer melancólico y vuelva a llenarse de cuerpos bailando, noches largas y recuerdos felices. La canción pregunta si recordamos. Y seguramente ahí esté la clave: septiembre comienza a convertir el presente en memoria.

Pero no todos los septiembres bailan.

También existe Wake Me Up When September Ends, de Green Day. Su título siempre me ha parecido una frase extraña y perfecta para este mes. Como si hubiera septiembres que uno preferiría atravesar dormido. Septiembres que remueven ausencias, pérdidas o vidas anteriores que regresan sin haber sido invitadas.

Entre una canción y otra cabe casi todo.

Un mes hecho para recordar

La nostalgia de septiembre tiene poco que ver con querer regresar exactamente al pasado. Al menos para mí. Es algo más impreciso.

Uno no quiere necesariamente volver a aquellas vacaciones, a aquella casa o a aquella persona. A veces solo quiere recuperar durante unos segundos la manera en que miraba el mundo entonces.

Quizá por eso septiembre funciona tan bien en las historias.

Woody Allen llamó simplemente September a una película construida alrededor de una casa, del final del verano y de varias personas incapaces de decir del todo lo que sienten. Hay algo muy propio de este mes en esa atmósfera: conversaciones pendientes, deseos que llegan tarde, habitaciones donde parece haberse quedado algo del pasado.

También Rosamunde Pilcher eligió September para una de sus novelas. Familias, reencuentros, recuerdos, el paso del tiempo. No parece casual. Hay meses que sirven para empezar aventuras, y otros, para inspirar escritos para mirar hacia atrás.

Septiembre pertenece a los segundos.

Incluso September Song, aquella canción de Kurt Weill y Maxwell Anderson que después interpretaron tantas voces, habla del tiempo cuando empieza a escasear. Los días se hacen más cortos. Entonces cada uno parece adquirir un valor distinto.

Tal vez septiembre nos recuerda eso sin necesidad de decirlo.

Las pequeñas cosas que regresan

Hoy vuelve septiembre.

Regresan las persianas levantándose temprano. Los cafés tomados con algo más de prisa. Las agendas. Los zapatos cerrados. Los trayectos diarios. Esa primera mañana en la que salir de casa con manga corta deja de ser una certeza.

Sin embargo, permanece algo del verano.

Una fotografía que todavía no hemos ordenado. Arena dentro de una mochila. Una canción escuchada demasiadas veces durante un viaje. El nombre de un restaurante apuntado en el teléfono. La imagen de alguien alejándose por un paseo marítimo al caer la tarde.

Son restos pequeños. Casi insignificantes.

Quizá la nostalgia nazca precisamente ahí.

No en las grandes despedidas, sino en descubrir que aquel instante al que no prestamos demasiada atención ya no existe.

Septiembre vuelve cada año para recordárnoslo.

Y esta mañana, mientras la luz empieza a cambiar de sitio, tengo la sensación de que el verano todavía está aquí.

Solo que ya empieza a parecerse a un recuerdo.

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