¿Qué le pedimos a los políticos en campaña electoral? Que hablen de nosotros
El lunes saltó la noticia. Para algunos era esperada. Para otros, ansiada. Y supongo que también habrá quien la recibiera con cierta sorpresa, desconcierto o incluso cansancio.
Pedro Sánchez anunciaba la convocatoria de elecciones generales para el próximo 29 de noviembre.
Y, casi inmediatamente, comenzó la maquinaria.
Declaraciones. Reacciones. Encuestas. Acusaciones. Estrategias. Bloques. Pactos posibles. Pactos imposibles. Quién gana. Quién pierde. Quién teme a quién.
Solo han pasado un par de días y tengo la sensación de que ya estamos hablando de casi todo.
Menos de una cosa.
¿Qué van a hacer para que vivamos mejor?
Porque esa, para mí, debería ser la pregunta que acompañara toda esta carrera electoral hasta el 29 de noviembre.
¿De qué deberían hablarnos durante estas semanas?
No creo que sea pedir demasiado.
Quiero saber qué van a hacer con la vivienda.
Qué proponen para quienes pagan un alquiler que se lleva buena parte de su sueldo.
Qué futuro plantean para las pensiones.
Qué modelo de sanidad defienden y cuánto están dispuestos a invertir para sostenerlo.
Qué van a hacer con los salarios, con el empleo, con la educación, con la dependencia o con quienes tienen dificultades para llegar a final de mes.
Quiero saber qué harán con aquello que determina nuestra vida cuando apagamos la televisión y dejamos de escuchar a los tertulianos.
Eso es política.
O debería serlo.
Porque todo lo demás puede ocupar muchas horas de televisión, llenar titulares y alimentar las redes sociales, pero difícilmente pagará una hipoteca, reducirá una lista de espera o permitirá que una familia encuentre una vivienda que pueda permitirse.
El ruido siempre encuentra un hueco
Y apenas hemos empezado.
Da la impresión de que la primera batalla consiste en decidir de qué vamos a hablar durante estas semanas.
Y ahí es donde deberíamos estar especialmente atentos.
Porque embarrar una campaña es relativamente sencillo. Basta con conseguir que cada día aparezca una nueva polémica capaz de desplazar a la anterior.
Una declaración desafortunada.
Un vídeo recortado.
Un insulto.
Una sospecha.
Una frase convertida en escándalo.
Y, mientras discutimos sobre todo eso, las preguntas importantes van quedando debajo de la alfombra.
No digo que durante una campaña no haya que hablar de corrupción, de instituciones, de pactos o de cualquier asunto que afecte a nuestra democracia.
Por supuesto que hay que hacerlo.
Pero cuando esos asuntos se convierten deliberadamente en una cortina permanente de ruido, quizá convenga preguntarse quién gana cuando dejamos de hablar de nuestros problemas cotidianos.
La política convertida en un partido de fútbol
Hay algo de nuestra política que cada vez me preocupa más: esa necesidad de convertirlo todo en un partido.
Los míos contra los tuyos.
El rojo contra el azul.
La victoria propia importa tanto que la derrota del contrario empieza a celebrarse incluso cuando el problema que hay detrás continúa exactamente igual.
Y en esa competición hay una estrategia especialmente eficaz: el miedo.
Que si ocurre esto llegará el desastre.
Que si gana aquel perderemos no sé qué.
Que si votamos de determinada manera España se rompe.
Que si votamos por correo puede haber un pucherazo.
Que si gobiernan unos desaparecerá una institución.
Que si gobiernan los otros llegará poco menos que el apocalipsis.
Siempre parece haber algo terrible esperando detrás de la papeleta equivocada.
El miedo moviliza.
Y precisamente por eso resulta tan tentador utilizarlo.
Pero votar con miedo no es lo mismo que votar convencido.
No quiero que me digan a quién debo temer
Personalmente, no quiero que durante estas semanas un partido político dedique la mayor parte de sus esfuerzos a explicarme por qué debo tener miedo del adversario.
Prefiero algo mucho más aburrido.
Que me explique qué piensa hacer.
Y después ya decidiré yo.
Quiero propuestas que podamos comparar.
Quiero compromisos que dentro de cuatro años podamos recuperar para comprobar si se cumplieron.
Quiero números cuando sean necesarios.
Plazos cuando sea posible darlos.
Prioridades claras.
Y también quiero que nos digan qué cosas no podrán hacer.
Porque gobernar también debería consistir en explicar los límites, no únicamente en prometer futuros maravillosos durante quince días.
Hablemos de vivienda
Por ejemplo.
¿Cuántas viviendas públicas quieren construir?
¿Dónde?
¿En cuánto tiempo?
¿Qué harán con los alquileres?
¿Qué medidas plantean para quienes no pueden independizarse?
¿Qué soluciones proponen para las familias que dedican una parte desproporcionada de sus ingresos a tener un techo?
Que cada partido presente su modelo.
Y después comparemos.
Sin convertir automáticamente cualquier propuesta en comunismo, fascismo, populismo, neoliberalismo o el insulto ideológico que toque esa mañana.
Hablemos de sanidad y de pensiones
¿Qué hacemos con las listas de espera?
¿Cómo garantizamos suficientes profesionales sanitarios?
¿Cómo afrontamos el envejecimiento de la población?
¿Cómo sostenemos el sistema público de pensiones?
¿Qué queremos hacer con la dependencia?
Son debates difíciles.
Precisamente por eso necesitamos políticos que los afronten.
No dirigentes compitiendo por fabricar la frase más viral de la semana.
Hablemos de aquello que nos pasa
Quizá sea mucho pedir en una época en la que la política parece haberse adaptado perfectamente al ritmo de las redes sociales.
Todo debe provocar una reacción inmediata.
Indignación.
Miedo.
Entusiasmo.
Enfado.
Un adversario.
Un culpable.
Un enemigo.
Pero nuestra vida es bastante menos espectacular.
Nuestra vida ocurre mientras hacemos cuentas a final de mes.
Cuando pedimos una cita médica.
Cuando nuestros hijos intentan encontrar trabajo o una vivienda.
Cuando cuidamos a nuestros padres.
Cuando llega una factura.
Cuando pensamos en la jubilación.
Cuando un sueldo deja de alcanzar para lo que alcanzaba hace unos años.
Ahí es donde debería estar también la política.
Que intenten convencernos, no asustarnos
Tenemos por delante semanas de campaña, precampaña, debates, encuestas, entrevistas, mítines y probablemente bastante ruido.
Pero estaría bien exigir algo muy sencillo.
Que nos hablen como ciudadanos adultos.
Que cada opción política explique el país que quiere construir.
Que presente propuestas.
Que las defienda.
Que las confronte con las de los demás.
Y después que cada ciudadano, libremente, valore quién le convence.
Sin miedo.
Sin amenazas.
Sin convertir cada elección en una batalla definitiva entre buenos y malos.
Porque una democracia no debería consistir en elegir quién consigue asustarnos más.
Debería consistir en decidir quién creemos que puede gobernarnos mejor.
El 29 de noviembre tendremos una papeleta delante.
Hasta entonces, quizá nuestra obligación como ciudadanos sea no conformarnos con el ruido.
Preguntar.
Comparar.
Exigir.
Y, sobre todo, recordar a quienes quieren nuestro voto que deberían dedicarnos menos tiempo a explicarnos a quién debemos temer y bastante más a explicarnos qué piensan hacer por nosotros.
Porque antes de decidir quién queremos que gobierne, estaría bien saber para qué quiere gobernar.
Y tú, ¿qué propuesta concreta exigirías a los partidos antes del 29N?
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