Necesito salir a la calle
Hay algo que llevo tiempo intentando explicarme y que, por muchas vueltas que le de, siempre termina en el mismo sitio: necesito salir a la calle.
Y no me refiero a salir a dar un paseo, hacer un recado o tomar un café. Hablo de salir con la intención de hacer fotografías. De caminar sin un destino concreto, detenerme donde aparentemente no sucede nada y esperar a que ocurra algo que merezca la pena fotografiar.
Lo curioso es que no me faltan ganas.
Tengo ganas de hacer fotografías. Muchas. Tengo ganas de crear, de volver a experimentar esa satisfacción tan particular que produce descubrir una imagen donde los demás, posiblemente, no han visto nada.
Sin embargo, una cosa es tener ganas de hacer fotografías y otra bastante distinta es salir a hacerlas.
Y ahí es donde estoy.
La fotografía que todavía no he hecho
Camino bastante. Y mientras camino, miro.
No puedo evitarlo.
Me fijo en la luz que entra por una calle, en las sombras que dibujan los edificios, en una persona que espera o en dos desconocidos que se cruzan que, durante apenas un instante, parece tener todos sus elementos colocados en el sitio adecuado.
A veces veo una fotografía con tanta claridad que casi puedo imaginarla terminada.
El encuadre, la luz, el momento.
Pero sigo caminando.
Y aquella fotografía que había construido mentalmente desaparece. No existe en ninguna parte, salvo en mi retina.
Me ocurre también cuando leo la prensa. Puedo pasar bastante tiempo observando una fotografía, intentando descubrir qué vio su autor antes de hacerla. Por qué eligió aquel encuadre, qué decidió dejar fuera o qué quiso contar con esa imagen.
Me pasa igualmente con las fotografías de otros compañeros fotógrafos.
Hay imágenes que, a primera vista, parecen sencillísimas. Una persona caminando, una sombra, un reflejo en un escaparate. Nada extraordinario.
Pero sé que detrás de esa aparente sencillez hay algo bastante complicado: alguien supo reconocer una fotografía antes de que existiera y, además, consiguió hacerla.
Y eso tiene mucho mérito.
Mirar fotografías no es hacer fotografías
Con los años he aprendido a mirar las imágenes de otra manera, con más atención.
Observar el trabajo de otros fotógrafos es una forma extraordinaria de aprender. Te obliga a detenerte, a preguntarte cosas, a descubrir posibilidades que seguramente no se te habrían ocurrido.
Pero también puede convertirse en una actividad demasiado cómoda.
Porque mientras observo fotografías, leo sobre fotografía o imagino las que me gustaría hacer, sigo sin hacer ninguna.
Y hay una diferencia enorme entre reconocer una buena imagen y ser capaz de construirla.
Una cosa es ver la fotografía en tu cabeza y otra conseguir que aparezca cuando miras por el visor.
Ahí empiezan las dificultades.
Lo que parecía tan evidente mientras caminabas deja de serlo cuando intentas encuadrarlo. La luz no es exactamente como pensabas. Alguien se mueve. Aparece un elemento que molesta. El instante que te interesaba desaparece antes de que puedas reaccionar.
O sencillamente descubres que aquello que imaginabas como una buena fotografía no funciona.
Y no pasa nada.
Bueno, sí pasa. Que acabas de aprender algo que difícilmente habrías aprendido sentado delante de una pantalla.
¿Es pereza o es otra cosa?
No quiero engañarme.
Hay días en los que me puede la pereza.
Después de trabajar, atender las obligaciones cotidianas y dedicar tiempo a la familia, no siempre resulta fácil encontrar un hueco para salir a fotografiar.
Y cuando aparece ese hueco, tampoco es seguro que lo aproveche.
Siempre hay algo pendiente. Algo que hacer en casa, alguna extraescolar, alguna tarea que podría adelantar.
O simplemente me apetece sentarme y no hacer nada.
Lo entiendo. Tampoco quiero convertir la fotografía en otra obligación más de las muchas que tenemos cada día.
Pero hay algo que me incomoda.
Porque sé que quiero hacer fotografías. Sé que disfruto haciéndolas. Sé que necesito crear.
Y, aun así, muchas veces termino posponiéndolo.
Quizá el problema no sea exactamente la falta de tiempo. O no solamente.
Quizá sea esa pequeña resistencia que aparece justo antes de empezar cualquier actividad que exige un esfuerzo inicial.
Porque salir a fotografiar requiere tomar una decisión.
Dejar lo que estás haciendo, coger la cámara, salir de casa y aceptar que puedes regresar sin una sola fotografía que te guste.
Y eso último también forma parte del asunto.
No todas las salidas tienen que terminar con una buena fotografía
Durante mucho tiempo he tenido bastante claro algo que ahora necesito recordarme: para hacer fotografías hay que salir a hacerlas.
Parece una obviedad.
Lo es.
Pero las obviedades también se olvidan.
No puedo pretender mejorar mi fotografía si dedico más tiempo a pensar en ella que a practicarla.
Tampoco puedo esperar que cada salida termine con una imagen extraordinaria. Ni siquiera con una imagen que merezca la pena conservar.
Habrá días en los que no vea nada interesante. Otros en los que llegue tarde a todas las escenas. Y algunos en los que, después de caminar durante una hora, vuelva a casa convencido de que no he conseguido nada.
Aunque quizá no sea exactamente así.
Porque habré salido.
Habré observado con una intención diferente. Habré tomado decisiones, probado encuadres y cometido errores.
Y puede que, sin darme cuenta, haya aprendido a reconocer algo que antes se me escapaba.
No quiero utilizar esto como consuelo para justificar cualquier fotografía. Una imagen que no funciona, no funciona.
Pero tampoco quiero medir cada salida únicamente por el número de fotografías que consiga salvar.
Encontrar tiempo para lo que quiero hacer
Últimamente estoy intentando organizarme para recuperar la fotografía de calle de una manera más constante.
No se trata de salir todos los días ni de imponerme objetivos imposibles.
Quiero encontrar un espacio dentro de mi rutina. Un tiempo que pueda dedicar a caminar, observar y fotografiar sin estar pensando continuamente en todo lo que tengo pendiente.
Y, sobre todo, quiero dejar de esperar a que aparezca el momento perfecto.
Porque seguramente no aparecerá.
Si quiero hacer fotografías, tendré que encontrar la manera de incorporarlas a mi vida cotidiana.
No como una tarea que deba tachar de una lista, sino como algo que realmente quiero hacer.
Estoy intentando que una salida semanal se convierta en ese pequeño compromiso conmigo mismo.
No parece demasiado.
Pero ahora mismo prefiero una tarde a la semana haciendo fotografías que siete días pensando en las que podría haber hecho.
Escribir esto también forma parte del intento
Mientras escribo estas líneas soy consciente de que estoy haciendo exactamente aquello sobre lo que llevo un rato reflexionando.
Estoy sentado delante de una pantalla, pensando en salir a fotografiar.
Tiene su gracia.
Podría estar en la calle ahora mismo.
Pero también creo que necesitaba poner por escrito esta contradicción. Reconocer que tengo ganas, que sigo sintiendo curiosidad por lo que ocurre a mi alrededor y que la fotografía continúa ocupando un lugar importante en mi vida.
Aunque a veces no se note demasiado en la cantidad de fotografías que hago.
No estoy intentando recuperar una afición perdida, porque nunca he dejado de mirar las cosas con ojos de fotógrafo.
Lo que quiero recuperar es el hábito de convertir esa mirada en fotografías.
Volver a encontrarme con la incertidumbre de una calle cualquiera. Con esa sensación de que puede pasar algo interesante en el momento menos esperado.
Y con la satisfacción de regresar a casa, revisar las imágenes y descubrir que, entre tantos intentos, hay una fotografía que se parece bastante a lo que había imaginado.
O, mejor todavía, una que no había imaginado en absoluto.
Mañana podría ser un buen día
No voy a terminar esta reflexión prometiendo que a partir de ahora saldré a fotografiar todos los días.
Me conozco.
Tampoco necesito convencerme de que la fotografía va a cambiarme la vida. Ya forma parte de ella desde hace mucho tiempo.
Lo que necesito es bastante más sencillo.
Dejar de darle tantas vueltas.
Encontrar un hueco, coger la cámara y salir.
Sin grandes expectativas. Sin la obligación de regresar con una buena fotografía. Sin convertir algo que me gusta en una exigencia.
Porque hay una cosa que tengo clara: las fotografías que imagino mientras camino no van a hacerse solas.
Y ya llevo demasiado tiempo dejándolas escapar.
¿A vosotros también os pasa? ¿Hay algo que os apasiona, que tenéis ganas de hacer, pero que siempre termináis dejando para otro día? ¿Cómo conseguís vencer esa resistencia inicial?
Me gustaría leeros.
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