Hay meses en el calendario que cobran vida. Mayo en Córdoba empieza cuando la ciudad parece tomar aire de golpe, como alguien que sale del agua y todavía no sabe si va a llorar o va a seguir respirando.
Una ciudad que respira
Mayo no es solo una fiesta. No del todo. Al menos no para mí.
Es un alivio violento. Una sacudida. El recordatorio de que seguimos vivos después del peso del invierno y antes de que el verano cierre su puño de sol sobre el Guadalquivir.
En Córdoba, este mes tiene algo de respiración asistida. La Mezquita parece inhalar de pronto, y los cordobeses somos ese aire que atraviesa los arcos. Una corriente antigua que nos cruza el pecho y nos devuelve el pulso, con la sangre limpia de cansancio y ese olor a azahar.
El blanco de las paredes de esas casas en los barrios más castizos, deja entonces de ser un color para convertirse en oxígeno.
No sé si eso puede explicarse del todo. Quizá solo pueda sentirse al doblar una esquina y encontrar una fachada encalada, una maceta encendida, una sombra breve donde antes solo había rutina.
Una luz que te deja ver
Para un cordobés, mayo en Córdoba es una transfusión de luz en una ciudad que a veces parece anémica.
El resto del año caminamos conteniendo el aliento. Vamos haciendo lo que toca, atravesando días, acumulando polvo, soportando una forma discreta de asfixia. Entonces llega mayo y algo se abre. Todo cambia. Nuestro carácter cambia.
No es simplemente felicidad. Es esa manera nuestra de emocionarnos con lo nuestro.
Es el ventilador de un náufrago. Es el único alivio antes de que el calor lo cubra todo. Como una tregua luminosa, casi física, donde los pulmones se ensanchan hasta tocar las flores.
Entrar en un patio en mayo es como si te conectaran un tanque de oxígeno directamente a la memoria. Allí dentro, el aire nos lo bebemos. Tiene cal, agua, geranios, sombra, pasos lentos. Tiene también algo de infancia, aunque uno no sepa muy bien de qué infancia habla.
Cuando nace el primer clavel en Córdoba, imagino un ruido seco. Como si un millón de pechos se llenaran a la vez.
El aire que sostiene una ciudad
Porque el quinto mes no aparece solo para adornar el calendario. Mayo es otra cosa. Tal vez por eso importa tanto aquí, en Córdoba, a los cordobeses.
Las gitanillas, los patios, la cal, el azahar, las calles abiertas de golpe… son un filtro de aire. Limpian la pesadez de los hombros y permiten, por unos días, flotar sobre el suelo empedrado de esas calles donde los patios se abren al mundo.
Cada ciudad tendrá su manera de salvarse. Córdoba, desde luego, lo hace respirando flores. Respirando vida.
Y quizá por eso mayo vuelve cada año como un desfibrilador que golpea el pecho de la ciudad, la despierta y la obliga a recordar de dónde viene.
Después vendrá el fuego. Vendrá el verano. Vendrá esa luz dura que nos somete.
Pero antes está mayo.
Ese instante en que su aire nos sirve de salvamento.