Hay novelas que no se leen solo por lo que cuentan, sino por la forma en que obligan a mirar una época sin el consuelo de la distancia. Eso me ha pasado con El libro de las parturientas, de Matilde Cabello. He terminado la lectura con la sensación de haber rozado una vida atravesada por la intemperie, pero también por una obstinación muy honda: la de querer saber de dónde viene una misma.
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Una vida marcada por la falta de origen
La novela sigue el recorrido de Salud Jiménez Luque, nacida en una casa cuna en 1953, y desde ahí abre un paisaje más amplio: el de los hospicios de posguerra, el mundo rural, la emigración a Madrid y los prejuicios que pesaban sobre tantas mujeres y criaturas señaladas desde el principio.
Lo que más me ha interesado no es solo el punto de partida, sino la manera en que Matilde Cabello convierte esa búsqueda de identidad en algo más que una trama. En Salud no hay un gesto abstracto de querer saber. Hay una necesidad vital. Saber quién fue su madre no aparece como simple curiosidad, sino como una forma de sostenerse, de entender qué se rompió y qué quedó en pie.
La memoria de una época sin solemnidad
La autora mira ese tiempo desde la evocación, pero no lo envuelve en nostalgia. Al contrario: lo deja respirar con sus luces y sus zonas más ásperas. En esa mirada aparecen espacios comunes de toda una generación de mujeres, y quizá ahí está una de las mayores fuerzas del libro. No se limita a contar una historia individual; deja ver cómo una vida concreta carga también con una estructura social entera.
Además, hay algo muy valioso en cómo se encarna la injusticia. No se siente como un dato histórico ni como una denuncia lanzada desde fuera. Se siente en el cuerpo de Salud, en su infancia, en su rebeldía, en su empeño por que su hija no herede el mismo daño. Eso vuelve la lectura más incómoda y más verdadera.
Lo que no se repara del todo
Mientras leía, pensaba en que algunas novelas no prometen redención, y quizá por eso resultan más honestas. Aquí no he encontrado una reparación completa, sino algo más duro y más humano: la posibilidad de dar forma a lo vivido, aunque no pueda deshacerse.
Eso es lo que me deja el libro. La intuición de que conocer la verdad no siempre cura, pero sí evita que el dolor siga siendo un cuarto cerrado. Y a veces una novela solo necesita abrir esa puerta para quedarse conmigo durante mucho tiempo.
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He escrito este texto con ayuda de inteligencia artificial para dar forma a la redacción, pero el fondo de lo que aquí cuento —la lectura, la impresión y la mirada sobre el libro— es mío.