Hoy es el día mundial de la radio y pienso, que no es una fecha simbólica para mí. La radio no es una moda puntual en mi vida. Es un hilo continuo que empezó en casa y que, sin darme cuenta, sigue sonando.
Un sonido que viene de casa
Si cierro los ojos, vuelvo a los domingos de mi infancia. Mi padre en la ducha, la radio encendida, el eco de las voces mezclado con el agua. Después, el olor a jabón y el sonido de las noticias mientras se afeitaba. Aquello era nuestra rutina que nos descubría que llegó el fin de semana, pero también era una forma de estar en el mundo.
Mi padre era platero, joyero artesano. En su banco de trabajo, entre limas, martillos y piezas diminutas, la radio ocupaba un lugar fijo. Nunca estorbaba. Siempre acompañaba. Marcaba el ritmo de las horas. Mientras él moldeaba el oro, las voces contaban el país, el fútbol, la vida.
Yo también ejercí la profesión. Y fue ahí, entre pulseras y silencio concentrado, donde ese sonido se me quedó dentro. Nunca como un ruido molesto de fondo, sino como una presencia activa en el día a día. Conocía todos los diales. Sabía qué programa empezaba a cada hora. Reconocía las voces antes de que dijeran su nombre.
La radio en mi vida diaria
Hoy la radio sigue conmigo, quizá más que antes. Me acompaña cuando voy o vuelvo del trabajo, en el mismo puesto donde tantas horas paso. Está cuando me permito una cabezadita después de comer. También cuando leo; entonces la cambio por música clásica, como si necesitara un susurro para no invadir las páginas.
Y, sobre todo, está por la noche. La radio tiene algo especial en la oscuridad. Las voces parecen más cercanas. Solo están ahí, sosteniendo el silencio.
En el día mundial de la radio pienso que este vínculo no es casual. Es compañía. Es memoria. Es una forma de no sentir que el tiempo pasa en vacío.
Cuando la radio hace servicio
Hay momentos, además, en los que la radio deja de ser íntima y se convierte en imprescindible. Recuerdo el 28 de abril del año pasado, aquel apagón que nos dejó a todos descolocados. Sin pantallas. Sin referencias. Entonces, otra vez, la radio.
En situaciones así se entiende su verdadera dimensión. La inmediatez. El servicio público. La voz que orienta cuando todo parece suspendido. En medio de la incertidumbre, alguien al otro lado sigue contando lo que ocurre.
Por eso hoy, en el día mundial de la radio, quería dar las gracias. A quienes sostienen esa cadena invisible que llega hasta mi casa, hasta mi coche, hasta mi mesilla de noche. A quienes hacen posible que cada día haya alguien al otro lado. Y también, por supuesto, a mis padres.
La radio es muy generosa y no me pide nada. Solo que la escuche. Y quizá por eso, siempre vuelve.