Hay miradas del poder que no se quedan quietas. Porque una mirada puede atravesar décadas en el tiempo y seguir estando presente. Hoy escribo para intentar entender por qué, al superponer estos dos rostros, tan alejados en el tiempo, lo que me llama la atención no es el contraste, sino una inquietante intranquilidad.
Lo que observo
Veo dos personajes históricos separados por casi un siglo. Uno pertenece al pasado más oscuro de Europa; el otro al presente político global. Y, sin embargo, cuando la imagen alinea sus miradas, el tiempo parece plegarse. No tiene nada que ver el peinado, ni el gesto, ni siquiera el contexto lo que conecta. Es algo más difícil de nombrar.
Hay en ambos ojos una dureza similar. Una mirada que no busca diálogo, sino confrontación. No parece observar al otro, para ir a tomar un café. No hay curiosidad, por preguntar cómo le va la vida. La imagen susurra que ciertas formas de mirar el mundo se repiten, incluso cuando todo lo demás cambia.
Lo que me provoca
Lo que siento una gran incomodidad lenta, muy lenta. La sensación de haber visto antes esa expresión, aunque quisiera creer que pertenece a un pasado finiquitado. Me provoca una especie de reconocimiento indeseado: la maldad siempre aparece como certeza absoluta.
Esa mirada segura de sí misma, impermeable a la duda, me resulta más inquietante que el grito o el gesto exagerado. Porque se instala con facilidad. Porque puede pasar por firmeza, por liderazgo, por convicción. Y porque, una vez normalizada, cuesta mucho señalarla sin parecer exagerado.
Lo que me pregunto
Me pregunto si hemos aprendido realmente a leer estas miradas o si seguimos llegando tarde. Cuando una copia es exactamente igual que el original, estamos muy cerca de que la historia se repita.
También me pregunto por nuestra responsabilidad como espectadores. ¿Qué hacemos cuando reconocemos esa maldad en la mirada ajena? ¿Preferimos convencernos de que esta vez será distinto?
La imagen solo mira. Y en ese cruce de ojos separados por el tiempo, deja flotando una pregunta incómoda: ¿Cuántas veces hace falta ver la misma mirada para decidir no seguirla?