Este año, como cada Nochebuena, volví a sentarme frente al discurso del rey Felipe VI. Lo hago más por costumbre que por devoción, pero reconozco que en esta ocasión algunas formas nuevas y ciertos gestos del mensaje me parecieron más acertados que otros años. El discurso del rey Felipe, sin embargo, sigue envuelto en una escenografía que genera distancia en un momento político y social donde la cercanía sería más útil que la solemnidad.
Cambios de forma: un tono más sobrio y directo
De pie, sin la familia decorando el fondo, con menos simbolismo y algo más de palabra. Se agradece que la puesta en escena haya evolucionado hacia un formato menos anclado en la nostalgia cortesana. El tono también parecía más claro, más dirigido a un país real que vive y discute cada día. En ese sentido, que se haya reivindicado el valor del diálogo como herramienta para convivir en la pluralidad, sin descalificaciones, me pareció un acierto. No como solución mágica, sino como punto de partida: entender que nadie sobra y que hablar no es ceder, sino intentar sostener un espacio común.
También me pareció importante que mencionara los riesgos de los discursos populistas, que muchas veces se camuflan de sentido común y solo alimentan el enfrentamiento. Y que responsabilizara directamente a los partidos políticos por el tono y las consecuencias de lo que dicen y hacen, sin excusas. No es frecuente escuchar un señalamiento tan claro desde esa institución.
Contradicciones en el decorado: entre la sobriedad y la ostentación
Pero junto a esas formas nuevas, hay otras que siguen cargadas de una pompa que resulta, como mínimo, desubicada. El vídeo de introducción, por ejemplo, mostrando el Palacio Real en toda su grandilocuencia, con planos que rozan el turismo de élite, me chirría profundamente. No es el momento. O quizás nunca lo fue. Estamos en un país con una brecha de clases cada vez más evidente, donde la clase media prácticamente ha desaparecido, y muchas personas no pueden sostener una vida digna. Esa manera de exhibir riqueza institucional me parece una forma de vacilar, de marcar territorio desde un lugar que no sufre y que, en ocasiones, ni escucha.
Lo mismo con las imágenes finales de la familia real, saludando a multitudes como si fueran parte de una monarquía de cuento. Entiendo el gesto comunicativo, lo que representa, el esfuerzo por parecer cercanos. Pero no funciona. No es creíble. En este tiempo, cuando la confianza en las instituciones no se impone sino que se gana, ese tipo de escenografías no ayudan.
Lo que me pregunto
Me pregunto si es posible mantener este tipo de discursos institucionales sin caer en la estética de otro siglo. Si podría hablarse desde un lugar más horizontal, más cotidiano, sin tanta distancia entre quien habla y quienes escuchamos. También si este tipo de intervenciones realmente alcanzan a la gente o solo alimentan la continuidad de una figura heredada, sostenida más por tradición que por utilidad.
Reconozco que este año el discurso incluyó algunas verdades que importan: que no todo vale en política, que la democracia no fue un regalo sino una conquista, y que se puede disentir sin dejar de escucharse. No es poco, aunque llegue desde un balcón que sigue estando demasiado alto.
Una cámara más baja, sin trono. Eso bastaría para empezar a hablar de otra manera.