Esta reflexión la hago, porque la captura de Nicolás Maduro, me remueven muchas sensaciones y ya no se que pensar. Y no es solo por Venezuela, también es en la manera en que entendemos el poder, la ley y quién decide cuándo se cruzan ciertas líneas.
Un gesto que no parece aislado
La detención (o secuestro) de Nicolás Maduro —justificada desde fuera como una operación contra el narcotráfico— se presenta como un hecho aislado, casi quirúrgico. Pero cuesta creerlo. Venezuela es un país con petróleo, posición estratégica y una larga historia de interferencias. Pienso que, sin esos recursos, nadie se habría acercado con tanta determinación.
Aquí es donde el derecho internacional empieza a parecer flexible, maleable según quién lo interprete. Se abre un melón incómodo: si un país poderoso decide que otro ha cruzado una línea, ¿basta eso para intervenir? ¿Para capturar a un jefe de Estado? La escena se normaliza demasiado rápido.
La incomodidad de estar de acuerdo a medias
Hay una contradicción que no consigo resolver. Si esto hubiera ocurrido con Franco, probablemente me habría alegrado. Lo digo sin rodeos. Pero esa alegría hipotética no convierte el método en correcto. La pregunta no es solo quién cae, sino cómo y con qué precedentes.
Este gesto parece legitimar la ley del más fuerte, una lógica antigua que creíamos algo superado. Y al abrirse esa puerta, otras figuras observan. Putin, por ejemplo, encuentra un terreno aún más resbaladizo para seguir avanzando en Ucrania. Taiwán vive con la amenaza constante de ser “lo siguiente” (por parte de China). Incluso Groenlandia aparece en el horizonte cuando Donald Trump habla, sin demasiado pudor, de hacerse con su control.
Qué mundo nos va a quedar
¿Qué haría Europa ante un movimiento así? ¿Mirar hacia otro lado? ¿Protestar con comunicados tibios? La sensación es que el tablero se inclina siempre hacia el mismo lado.
Me pregunto si estamos celebrando caídas sin mirar el suelo que se rompe debajo. Si la captura de un líder incómodo justifica erosionar las reglas comunes. Si mañana aceptaremos otra intervención porque “esta vez también conviene”.
No se trata de defender a Maduro. Se trata de preguntarse qué queda cuando el marco legal se convierte en una herramienta selectiva. Qué mundo estamos aceptando cuando aplaudimos sin revisar el precio.
Una imagen mental me acompaña mientras escribo: un mapa del mundo sobre una mesa, con grietas finas que no se ven a simple vista. Cada decisión parece pequeña, pero el papel ya no está intacto.
Quizá la pregunta no sea si debo alegrarme. Quizá sea qué estamos dispuestos a perder cada vez que decimos que sí.