Escribo este texto para entender una idea que sobrevuela mi cabeza: la vida es imprevisible. Es como una amenaza constante, que con una condición silenciosa, nos hace estar vivos. Y a veces lo olvidamos. O quizá necesitamos olvidarlo para poder seguir.
La ilusión de que todo seguirá igual
Organizamos nuestras agendas, hacemos planes a corto o largo plazo, discutimos por tonterías. Vivimos como si el suelo fuese firme. Y quizá lo es, pero solo hasta que deja de serlo.
Decidimos horarios, proyectos, idas, venidas. Sin embargo, cuándo la vida se interrumpe… Qué difícil es gestionar ese momento, en que una pieza falta y la vida se desajusta.
Decimos que hay que vivir cada día como si fuese el último. Lo repetimos con mucha facilidad.
Después, cumplirlo es otra cosa. Porque para sostener esa conciencia habría que convivir con una fragilidad permanente. Y no sabemos hacerlo. Es imposible hacerlo.
Recordar constantemente que la vida es imprevisible, nos vuelve un poco más conscientes para estar más alerta, pero solo eso.
Todos iguales cuando llega la hora
Escuché hace tiempo a la periodista Paloma del Río contar que trabajó en un mortuorio mientras estudiaba. Allí comprendió algo sencillo y rotundo: al morir, somos todos iguales.
Todos acabamos desnudos sobre una mesa metálica. Sin títulos. Sin cuentas. Sin jerarquías. Una imagen muy incomoda que reduce nuestra vida, a lo que verdaderamente es: la muerte.
Nos esforzamos por diferenciarnos. Construimos nuestra propia identidad, posición, reconocimiento. Y, sin embargo, al final cuando menos lo esperamos, todo se silencia. Nadie está preparado para gestionar ese momento.
Lo que cambia cuando algo se rompe
Me impresiona mucho más lo que sucede después, que el hecho de morir. El bloqueo que se produce en quienes permanecen, es tremendamente complicado.
De la noche a la mañana cambia todo: las rutinas, el equilibrios, los papeles dentro de una familia. Lo que era estable se vuelve incierto. Y nadie está preparado para eso.
La vida es tan efímera que, paradójicamente, parece generosa. Nos concede los años suficientes para creer que el tiempo es eterno. Nos deja planificar. Nos deja posponer…
Es por eso lo que cuesta asumir que la vida, cuando menos lo esperas, te azota.
No escribo esto para crear conciencia, ni para dar una lección. Solo tengo la necesidad de dejar constancia, de un hecho ocurrido este fin de semana, que nos ha descolocado a todos.
En memoria de Francisco Javier Sáez García.